miércoles, 5 de enero de 2011

Los paraísos artificiales (Dedicatoria)

A J. G. F.


Mi querida amiga,

El sentido común nos dice que la existencia de las cosas terrenales es magra, y que la verdadera realidad no está más que en los sueños. Para digerir la felicidad natural, como la artificial, hace falta, para empezar, tener el corage de tragarla, y aquéllos que tal vez meritan la felicidad son justamente aquéllos a quienes ésta, tal como la conciben los mortales, ha siempre tenido el efecto de un vomitivo.

A los espíritus negados podrá parecerles singular, y aun impertinente, que un cuadro de voluptuosidad artificial esté dedicado a una mujer, la fuente más ordinaria de la voluptuosidad más natural. No obstante, es evidente que, al igual que el mundo natural penetra en el espiritual, le sirve de forraje, y converge de esta manera para formar esa amalgama indefinible a la que llamamos nuestra individualidad, la mujer es el ser que proyecta las mayor sombra o la mayor luz sobre nuestros sueños. La mujer es fatalmente sugestiva; vive una vida aparte de la propia: vive espiritualmente en las imaginaciones que frecuenta y que fecunda.

Importa, por otro lado, muy poco que la razón de esta dedicatoria sea comprendida. ¿Es, además, necesario, para satisfacción del autor, que cualquiera de sus libros sea comprendido, excepto por aquél o aquélla para el que ha sido escrito? En fin, para decirlo todo, ¿es indispensable que haya sido creado para alguien? En cuanto a mí, tengo tan poco gusto por el mundo vivo que, como aquellas mujeres sensibles y ociosas que envían, digamos, por correo, sus confidencias a amigos imaginarios, por voluntad, yo no escribiría sino para los muertos.

Pero no es a una mujer muerta a quien dedico este pequeño libro; es a una que, aunque enferma, se encuentra siempre activa y viva en mí, y que vuelve ahora todas sus miradas hacia el Cielo, ese lugar de todas las transfiguraciones. Puesto que, al igual que de una temible droga, el ser humano disfruta del privilegio de poder extraer deleites nuevos y sutiles aun del dolor, de la catástrofe y de la fatalidad.

Verás en este cuadro un viajero sombrío y solitario, sumergido en el flotante movimiento de las multitudes, y que envía su corazón y su pensamiento a una Electra lejana que enjugaba hace tiempo su frente bañada en sudor y refrescaba sus labios apergaminados por la fiebre; y adivinarás la gratitud de otro Orestes, de quien has frecuentemente velado las pesadillas, y de quien has disipado, con una mano ligera y maternal, el aterrador sueño.

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