martes, 10 de mayo de 2011

Buenas noticias

Pues sí: ya encontré mi Capitaine Pamphile; el pobre se había quedado abandonado en la maleta de las vacaciones decembrinas, pero, afortunadamente, lo rescaté antes de que ésta volviera al maletero, de donde no saldría en un buen rato.
Puesto que ya había yo empezado con la traducción de Les paradis artificiels, supongo que lo más justo será intercalar los capítulos, así no nos quedamos con las ganas de nada.
Me gustaría prometer, como otra buena noticia, que seré más constante en mi trabajo de traducción, pero eso no depende precisamente de mí, o al menos no del yo al que le apasiona la traducción. Haré lo posible porque esa señorita traductora/escribidora se haga ver con más frecuencia, ¿vale?
Oh... y como casi todo lo bueno, esta nueva viene con una mala: perdí mis avances del complicado tercer capítulo de Le capitaine, así que me toca empezar de cero algo que tomará un bueeen rato. Les adelanto que mi conflicto tiene que ver con tabaco y pipas: No sé nada del asunto, no conozco a ningún apasionado del refinado arte de meter y sacar humo envenenado por la boca y no he hallado libros que me aclaren algunas palabrejas. Ya verán cómo me las arreglo.
Mientras tanto, saludos y chochitos de colores para cualquiera que lea esto.

domingo, 9 de enero de 2011

Los paraísos artificiales (Cap. I)

I

El gusto por lo infinito


Aquéllos que saben observarse a sí mismos y que guardan en la memoria sus impresiones, aquéllos que, como Hoffmann, han sabido construir su barómetro espiritual, han de vez en cuando notado, en el observatorio de sus pensamientos, bellas estaciones, jornadas dichosas, minutos exquisitos. Un día de aquéllos en que el hombre despierta con un genio juvenil y vigoroso. Sus párpados apenas liberados del sueño que los sellaba, el mundo exterior se le ofrece con un poderoso sacudimiento, una nitidez de contornos, una riqueza de perspectivas, una abundancia de colores admirables. El mundo moral abre sus vastas perspectivas, plenas de nuevas claridades. El hombre, agradecido de tal beatitud, desafortunadamente rara y pasajera, se siente a la vez más artista y más justo, más noble, para reducirlo a una palabra. Pero lo más singular de este excepcional estado del espíritu y de los sentidos, al que puedo, sin exageración, llamar paradisíaco, si lo comparo a las espesas tinieblas de la diaria y común existencia, es que no fue creado por ninguna causa visible ni fácil de definir. ¿Es acaso el resultado de una buena higiene y un correcto régimen? Es ésta la primera explicación que viene a la mente; pero tenemos la obligación de reconocer que, frecuentemente, esta maravilla, esta especie de prodigio, pareciera producirse como efecto de un poder superior e invisible, exterior al hombre, después de un período en que éste ha abusado de sus facultades físicas. ¿Podríamos decir que es la recompensa de la asidua oración y de los ardores espirituales? Es verdad que una elevación constante del deseo, una tensión de fuerzas espirituales hacia el cielo, sería el camino más apropiado para alcanzar esa santidad moral, tan deslumbrante y gloriosa; ¿pero en virtud de qué ley absurda se manifiesta después de culpables orgías de la imaginación, después de un abuso sofístico de la razón, lo que es tan honesto y razonable como las desordenadas cabriolas en la sana gimnasia? Es por esto que prefiero considerar esta condición anormal del espíritu como una verdadera gracia, como un espejo mágico en el que el hombre es invitado a verse en bello; es decir, tal y como debería y podría ser; una especie de excitación angelical, una llamada al orden bajo una forma lisonjera. De la misma manera, cierta escuela espiritualista, cuyos representantes se encuentran en Inglaterra y América, considera los fenómenos sobrenaturales, como las apariciones de fantasmas, los resucitados, etc., como manifestaciones de la voluntad divina, que pretenden despertar en el espíritu del hombre el recuerdo de realidades invisibles.

Por otra parte, ese estado encantador y singular en el que todas las fuerzas se equilibran, en el que la imaginación, aunque increíblemente poderosa, no acarrea consigo el sentido moral en las peligrosas aventuras, en que una sensibilidad exquisita no es ya torturada por los nervios enfermos, esos consejeros ordinarios del crimen o de la desesperación, ese estado maravilloso, decía, no tiene síntomas precursores; es tan imprevisible como el fantasma. Es una especie de obsesión, pero una obsesión intermitente, de la que deberíamos obtener, si fuéramos sabios, la certeza de una mejor existencia y la esperanza de alcanzarla con el ejercicio diario de nuestra voluntad. Esa intensidad de pensamiento, ese entusiasmo de los sentidos y del espíritu, han debido, en todos los tiempos, parecerle al hombre el bien más grande; es por esto que, no considerando sino la voluptuosidad inmediata, dejando de lado las leyes de su constitución, busca por medio de la ciencia física , de la farmacéutica, de los más vulgares licores, de los perfumes más sutiles, en todos los climas y en todos los tiempos, los medios de huir, al menos por algunas horas, de su recinto de bajezas , y, como dice el autor de Lazare, “de llevarse el paraíso de un golpe”. ¡Pero qué desgracia! Los vicios del hombre, tan llenos de horror como los suponemos, contienen la prueba (¡cuando esto no fuera su infinita expansión!) de su gusto por lo infinito; solamente que es un gusto que con frecuencia equivoca el camino. Podría entenderse en un sentido metafórico el vulgar proverbio: Todos los caminos llevan a Roma, y aplicarlo al mundo moral; todo lleva a la recompensa o al castigo, dos formas de eternidad. El espíritu humano rebosa de pasiones; tiene para dar y tomar, por decirlo con una locución más trival; pero ese desgraciado espíritu, cuya depravación natural es casi tan grande como su aptitud repentina , casi paradójica, para la caridad y las virtudes más arduas, es rico en paradojas que le permiten emplear para mal los excesos de esa pasión desbordante. No cree jamás entregarse por completo. Olvida, en su infatuación, que juega contra alguien más fino y más fuerte, y que el Espíritu del Mal, aun cuando no se le entregue más que un cabello, no tarda en apoderarse de la cabeza. Ese señor visible de la naturaleza invisible (hablo del hombre) ha, pues, pretendido crear el paraíso por medio de la farmacia, de las bebidas fermentadas, como un maniático que reemplaza muebles sólidos y jardines verdaderos por decoraciones pintadas en lienzo y montadas sobre bastidores. Es en esta depravación del sentido de lo infinito donde yace, en mi opinión, la razón de todos los excesos culpables, desde la ebriedad solitaria y concentrada del literato, quien, obligado a buscar en el opio un paliativo para un dolor físico, y habiendo así descubierto una fuente de placeres mórbidos, ha hecho de éste, poco a poco, su único régimen, el sol de su vida espiritual, hasta llegar a la embriaguez más repugnante de los barrios bajos; su cerebro, lleno de resplandor y de gloria, se conduce ridículamante hacia la suciedad del camino.

Entre las drogas más apropiadas para crear aquello a lo que llamo el Ideal artificial, dejando de lado los licores, que llevan rápidamente al furor material y abaten la fuerza espiritual, y los perfumes, cuyo uso excesivo, aun cuando vuelven la imaginación del hombre más sutil, agotan gradualmente sus fuerzas físicas; las dos sustancias más enérgicas, aquéllas cuyo empleo es más cómodo y accesible, son el hachís y el opio. El análisis de los misteriosos efectos y de los placeres mórbidos que pueden engendrar estas drogas, de los castigos inevitables que resultan de su uso prolongado y, en fin, de la inmoralidad misma implicada en esta persecución de un falso ideal, constituye el tema de este estudio.

El trabajo sobre el opio ya ha sido hecho, y de una manera tan brillante, médica y poética a la vez, que no osaría agregar más. Me conformaré, pues, en este estudio, con ofrecer el análisis de ese libro incomparable, que jamás ha sido traducido en Francia en su totalidad. El autor, hombre ilustre, de una imaginación poderosa y exquisita, hoy retirado y silencioso, osó, con un trágico candor, hacer el recuento de los placeres y de las torturas que encontró hace tanto en el opio; y la parte más dramática de su libro es aquélla en la que habla de los esfuerzos sobrehumanos de voluntad que hizo falta desplegar para escapar a la maldición a la cual él mismo se había consagrado.

En este momento, no hablaré más que del hachís, y lo haré basándome en la información, abundante y minuciosa, conseguida en los extractos de notas o confidencias de hombres inteligentes que se le entregaron por largo tiempo. Solamente que fundiré esos documentos en una especie de monografía, escogiendo un alma, fácil de explicar y definir, como tipo propio a las experiencias de esta naturaleza.

miércoles, 5 de enero de 2011

Los paraísos artificiales (Dedicatoria)

A J. G. F.


Mi querida amiga,

El sentido común nos dice que la existencia de las cosas terrenales es magra, y que la verdadera realidad no está más que en los sueños. Para digerir la felicidad natural, como la artificial, hace falta, para empezar, tener el corage de tragarla, y aquéllos que tal vez meritan la felicidad son justamente aquéllos a quienes ésta, tal como la conciben los mortales, ha siempre tenido el efecto de un vomitivo.

A los espíritus negados podrá parecerles singular, y aun impertinente, que un cuadro de voluptuosidad artificial esté dedicado a una mujer, la fuente más ordinaria de la voluptuosidad más natural. No obstante, es evidente que, al igual que el mundo natural penetra en el espiritual, le sirve de forraje, y converge de esta manera para formar esa amalgama indefinible a la que llamamos nuestra individualidad, la mujer es el ser que proyecta las mayor sombra o la mayor luz sobre nuestros sueños. La mujer es fatalmente sugestiva; vive una vida aparte de la propia: vive espiritualmente en las imaginaciones que frecuenta y que fecunda.

Importa, por otro lado, muy poco que la razón de esta dedicatoria sea comprendida. ¿Es, además, necesario, para satisfacción del autor, que cualquiera de sus libros sea comprendido, excepto por aquél o aquélla para el que ha sido escrito? En fin, para decirlo todo, ¿es indispensable que haya sido creado para alguien? En cuanto a mí, tengo tan poco gusto por el mundo vivo que, como aquellas mujeres sensibles y ociosas que envían, digamos, por correo, sus confidencias a amigos imaginarios, por voluntad, yo no escribiría sino para los muertos.

Pero no es a una mujer muerta a quien dedico este pequeño libro; es a una que, aunque enferma, se encuentra siempre activa y viva en mí, y que vuelve ahora todas sus miradas hacia el Cielo, ese lugar de todas las transfiguraciones. Puesto que, al igual que de una temible droga, el ser humano disfruta del privilegio de poder extraer deleites nuevos y sutiles aun del dolor, de la catástrofe y de la fatalidad.

Verás en este cuadro un viajero sombrío y solitario, sumergido en el flotante movimiento de las multitudes, y que envía su corazón y su pensamiento a una Electra lejana que enjugaba hace tiempo su frente bañada en sudor y refrescaba sus labios apergaminados por la fiebre; y adivinarás la gratitud de otro Orestes, de quien has frecuentemente velado las pesadillas, y de quien has disipado, con una mano ligera y maternal, el aterrador sueño.

A mis abundantes lectores

Después del ingrato abandono de este blog, consecuencia de mis obligaciones universitarias, he decidido volver a publicar, para satisfacción de todos aquellos lectores anónimos que sé que están allá afuera, pero, sobre todo, para tranquilidad de mis seguramente desesperados dos seguidores, quienes, ahora que se enteren de que publico de nuevo, configurarán sus correos para que manden estas notificaciones directo a la bandeja de spam.

Es, además, necesario aclarar que interrumpiré la traducción de El capitán Pamphile por tiempo indefinido. Podría mentirles y decir que deseo darle algo de variedad a este espacio, pero las mentiras hacen llorar al Niño Dios, así que confesaré que debo postergar mi trabajo con Dumas, mi amor, por razones de desorganización: no tengo idea del paradero de mi tan querido libro. Pero guardemos la calma, que seguro lo hallaré ahora que arregle mi escritorio/librero/ropero/basurero/costurero/probable nido de ratones/mayor causa de enojo de mi madre cada vez que visita mi habitación. Y si no... la Gandhi proveerá. Amén.

Saludos afectuosos.

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Notificación: Este espacio de libre expresión del pensamiento ha hecho de mi configuración lo que le ha venido en gana: fuentes, colores, tamaños... Les ofrezco mis más sinceras disculpas por este desperfecto; me comprometo a pedir ayuda desesperada a alguien que sepa algo más que teclear... o tal vez sólo espere pacientemente hasta que el problema se arregle solo.